Iván Cabrera
10/01/2025
Las señales de alerta están presentes, pero hablar de ellas suele catalogarse como alarmista, como si reconocerlas fuera sinónimo de asumir el peor escenario. Sin embargo, para mí, prestar atención a estas señales siempre ha sido una estrategia efectiva. Me ha permitido anticiparme a problemas, ganar perspectiva y actuar con tiempo suficiente para mitigar impactos. No se trata de ser pesimista, sino de estar preparado. Hoy, una vez más, las alertas están ahí. Algunas son subjetivas, basadas en experiencias personales o en impresiones que surgen al analizar patrones previos. Sin embargo, otras tienen un carácter mucho más técnico, basado en datos duros que reflejan lo que podría estar por venir. Estas señales técnicas son las que suelen preceder a eventos de gran magnitud, y en este año 2025 ya están tomando forma de manera alarmante.
En el ámbito financiero global, uno de los indicadores más relevantes es el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años. Este bono, considerado un termómetro clave de la economía más grande del mundo, refleja el costo de financiar la deuda del gobierno y es un pilar fundamental en la dinámica de los mercados. Actualmente, este indicador está enviando señales preocupantes que han encendido las alarmas tanto en inversores como en analistas. A fecha de hoy, 9 de enero de 2025, el panorama económico ya está ensombrecido por la evolución de este bono, que se encuentra en un rendimiento del 4,7%. A primera vista, este nivel podría parecer moderado, pero su crecimiento acelerado y las causas subyacentes que lo impulsan han desatado una creciente inquietud en los mercados internacionales.
Las razones detrás del aumento del rendimiento son variadas y complejas. Una de ellas es la incertidumbre política, especialmente en torno a las propuestas económicas de figuras como Donald Trump, cuyas políticas proteccionistas han sido interpretadas como potencialmente inflacionarias. Estas propuestas incluyen incrementos en los aranceles y restricciones a la inmigración, medidas que, de materializarse, podrían elevar los precios en la economía estadounidense, presionando al alza los rendimientos de los bonos. Además, el aumento en la emisión de deuda gubernamental es otro factor clave. En un contexto donde el gobierno necesita financiarse con mayor urgencia, las recientes subastas de bonos han alcanzado cifras récord, aumentando la oferta en el mercado. Esto, inevitablemente, tiende a reducir los precios de los bonos y, como consecuencia, a elevar sus rendimientos.
La preocupación aumenta a medida que el rendimiento se acerca al nivel crítico del 5%. Este umbral no es arbitrario; su importancia radica en su papel histórico como punto de inflexión en los mercados. Cada vez que este nivel se ha alcanzado, ha sido seguido por eventos económicos significativos y, con frecuencia, por crisis de gran magnitud. La historia económica ofrece numerosos ejemplos de cómo los rendimientos del bono del Tesoro estadounidense han actuado como precursores de grandes turbulencias financieras. En 1987, cuando los rendimientos superaron el 5%, se produjo el famoso "lunes negro", con una caída histórica del 22,6% en el índice Dow Jones en un solo día. En 2007, un rendimiento del 5,2% precedió la Gran Recesión, que se extendió durante años y tuvo efectos devastadores en el empleo y la estabilidad económica global. Incluso en tiempos más recientes, como en 2023, un aumento repentino al 5% generó un shock bursátil mundial.
El impacto de estos rendimientos elevados no se limita a los mercados de bonos o a los inversionistas. Las consecuencias son mucho más amplias, afectando a todos los sectores de la economía. Por ejemplo, cuando el rendimiento de los bonos se vuelve lo suficientemente atractivo, los inversores tienden a salir de otros activos más riesgosos, como las acciones, lo que provoca caídas en los precios de estos últimos. Esta dinámica puede desencadenar una reacción en cadena que afecta la estabilidad de todo el sistema financiero. Además, la restricción del crédito es un efecto común en este tipo de escenarios. Los bancos, enfrentándose a mayores costos de financiamiento, se vuelven más cautelosos en sus préstamos, dificultando el acceso al crédito tanto para empresas como para particulares. Esto, a su vez, frena la inversión y el consumo, dos motores fundamentales de la economía.
Otro efecto preocupante es el impacto en el empleo. Cuando los mercados financieros experimentan una caída significativa, las empresas, buscando reducir costos, recurren a despidos masivos y congelación de salarios. Esta dinámica no solo afecta a quienes pierden sus trabajos, sino que también reduce el poder adquisitivo general, creando un círculo vicioso de menor consumo, menos inversión y mayor contracción económica. Incluso aquellos que no tienen inversiones directas en el mercado de valores sienten el impacto, ya que las consecuencias se extienden a todos los niveles de la economía.
El fortalecimiento del dólar es otra repercusión importante de este fenómeno. Un dólar más fuerte, impulsado por la mayor demanda de bonos del Tesoro, afecta negativamente a las economías dependientes de las exportaciones, como las europeas, y a los países con deudas denominadas en dólares, como muchos en Hispanoamérica. Estas economías enfrentan desafíos adicionales, ya que un dólar fuerte encarece sus importaciones y aumenta la carga de su deuda. Además, los bancos centrales de todo el mundo se ven obligados a ajustar sus políticas monetarias en respuesta a las acciones de la Reserva Federal y los movimientos en el mercado de bonos, lo que crea un entorno global de mayor incertidumbre y volatilidad.
En este contexto, la Reserva Federal de Estados Unidos desempeña un papel crucial. Su política monetaria, especialmente en lo que respecta a las tasas de interés, influirá significativamente en la evolución de los rendimientos de los bonos. La tarea de la Fed no es sencilla, ya que debe equilibrar el control de la inflación con el mantenimiento del crecimiento económico, un desafío especialmente complicado en un entorno de altos costos de endeudamiento. Las decisiones que tome la Fed no solo tendrán un impacto en Estados Unidos, sino que se extenderán a economías de todo el mundo, amplificando las repercusiones de cualquier error o cambio abrupto en la política monetaria.
Mientras tanto, en países como España, el panorama no parece más alentador. En lugar de abordar los desafíos globales con políticas fiscales y económicas responsables, las decisiones tomadas parecen agravar la situación. Reformas recientes han incrementado las cargas fiscales para autónomos y asalariados, mientras que medidas como la subida del salario mínimo y la reducción de la jornada laboral generan tensiones adicionales en un mercado laboral ya de por sí frágil. Estas políticas, lejos de mejorar la productividad o el poder adquisitivo real, corren el riesgo de exacerbar la inflación y limitar el crecimiento económico.
El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años no es solo un número más en un titular o un gráfico financiero. Es un indicador clave que refleja las tensiones y desafíos que enfrenta la economía global. Con las proyecciones sugiriendo que podría alcanzar o incluso superar el 5,5% este año, la necesidad de preparación y atención nunca ha sido mayor. Ignorar estas señales podría tener consecuencias devastadoras, pero con una planificación cuidadosa, una comprensión adecuada de los riesgos y un enfoque proactivo, es posible enfrentar los desafíos y navegar por las aguas turbulentas que podrían estar por venir. En estos tiempos, la prudencia, la sabiduría y, quizás, un poco de suerte serán esenciales para mitigar los impactos de un entorno económico cada vez más incierto.