Iván Cabrera
23/11/2024
El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha pronosticado que España será el país con mayor crecimiento económico a nivel mundial en 2025, con un Producto Interno Bruto (PIB) que podría aumentar cerca del 3%. Este desempeño superaría al de economías como Estados Unidos o China. Sin embargo, esta proyección positiva contrasta con una realidad preocupante: el 26,4% de la población española está en riesgo de pobreza o exclusión social, según el último informe de Eurostat. Esto plantea una paradoja: ¿cómo es posible que un país en crecimiento económico enfrente un incremento en la desigualdad y la pobreza?
Parte de la respuesta radica en el "efecto base". España sufrió una contracción severa en 2020 debido a la pandemia, lo que hace que el repunte actual parezca más significativo. Además, aunque el crecimiento porcentual sea alto, nuestra economía sigue siendo más pequeña en comparación con otras potencias europeas. Por ejemplo, un crecimiento del 1,5% en una economía como la alemana, con un PIB de 4,2 billones de euros, tiene mayor peso absoluto que el 3% de la economía española, cuyo PIB ronda los 1,4 billones. Además, mientras nuestra deuda pública se aproxima al 110% del PIB, la de Alemania está en torno al 67%. Este contexto limita nuestra capacidad para estimular el crecimiento sin recurrir a más endeudamiento.
A pesar del optimismo por las cifras de crecimiento, el modelo económico español sigue enfrentando desafíos estructurales. La inversión empresarial es limitada, especialmente en comparación con otros países de la zona euro, lo que podría afectar el crecimiento a mediano plazo. Además, el empleo, los salarios y el poder adquisitivo no están mejorando al ritmo necesario para traducir el crecimiento económico en bienestar general. La inflación acumulada desde 2020, cercana al 20%, ha erosionado la capacidad de consumo de muchas familias. Esto refuerza la desigualdad y limita la sostenibilidad del crecimiento.
El análisis también destaca cómo el turismo, la inversión pública y las exportaciones —factores clave en el crecimiento actual— no necesariamente benefician a todo el tejido económico. Las pequeñas y medianas empresas (PYMES), que generan el 65% del empleo, no están creciendo al mismo ritmo que las grandes corporaciones. Además, la automatización y la inteligencia artificial (IA), aunque prometen eficiencia, no se están integrando con estrategias inclusivas, lo que podría ampliar la brecha entre los sectores más beneficiados y los más rezagados.
El problema no solo radica en el modelo económico, sino también en las políticas públicas. Una economía equilibrada requiere medidas que fomenten la innovación, reduzcan impuestos para las empresas, simplifiquen la burocracia y promuevan la capacitación laboral. Esto ayudaría a fortalecer el tejido empresarial, especialmente las PYMES, para que puedan competir en el mercado global y generar empleo de calidad. Por otro lado, la falta de inversión en infraestructura tecnológica y formación laboral limita las oportunidades para aprovechar el potencial de la IA y otras tecnologías emergentes.
El PIB, como indicador económico, tiene limitaciones significativas. Aunque mide el crecimiento, no refleja la distribución de la riqueza ni el bienestar de la población. Países como Irlanda han mostrado que un alto crecimiento económico no siempre se traduce en mejoras equitativas. De manera similar, España enfrenta el riesgo de una "enfermedad holandesa", en la que una economía excesivamente dependiente de sectores específicos, como el turismo, puede volverse vulnerable ante fluctuaciones externas.
El crecimiento económico debe estar acompañado de políticas inclusivas que promuevan la prosperidad compartida. Esto implica no solo redistribuir la riqueza, sino también estimular el sector productivo y crear un entorno favorable para la inversión y la innovación. Si bien la IA puede ser un catalizador del desarrollo económico, su implementación debe ser responsable e inclusiva, asegurando que los beneficios lleguen a todos los segmentos de la población.
España tiene la oportunidad de convertir su proyección de crecimiento en una transformación económica sostenible. Sin embargo, esto requiere un enfoque realista y estratégico que priorice la diversificación económica, el fortalecimiento del sector productivo y la inclusión social. De lo contrario, el crecimiento actual corre el riesgo de ser un espejismo, incapaz de resolver los problemas estructurales que afectan al bienestar general.