Iván Cabrera
21/11/2024
En el ámbito de la economía global, a menudo emergen historias que desafían las expectativas. Países pequeños y poco conocidos encuentran caminos inesperados hacia la prosperidad, alterando significativamente las dinámicas económicas en sus regiones. Este fenómeno plantea preguntas fundamentales: ¿Qué factores permiten que una nación modesta logre un desarrollo tan acelerado? ¿Cómo pueden otras naciones con recursos limitados replicar estos éxitos?
Un ejemplo reciente es Guyana, que se ha posicionado como una de las economías de mayor crecimiento mundial. Este avance, impulsado por el descubrimiento de vastos yacimientos de petróleo en 2015, ha llevado al país a registrar un crecimiento económico extraordinario, incluso durante la pandemia. Sin embargo, esta dependencia del petróleo plantea riesgos como la volatilidad de precios y el fenómeno conocido como "enfermedad holandesa", que podría perjudicar otros sectores económicos.
Para evitar estos problemas, Guyana debe diversificar su economía, siguiendo ejemplos como Noruega, que ha sabido gestionar sus recursos naturales a través de un fondo soberano sólido, aunque no exento de contradicciones éticas.
Irlanda, en contraste, carece de recursos naturales significativos, pero ha logrado convertirse en una economía líder en Europa. Su estrategia ha sido apostar por políticas fiscales atractivas, inversión en tecnología, y un entorno favorable para multinacionales.
Estas políticas han transformado al país en un hub tecnológico, atrayendo a empresas globales y generando empleo y riqueza. No obstante, esta prosperidad empresarial convive con desafíos domésticos, como impuestos personales elevados y servicios públicos limitados.
Otros países como Estonia y la República Checa también han destacado en Europa. Estonia lidera en digitalización gubernamental y tecnología, mientras que la República Checa ha desarrollado una industria diversificada y moderna tras implementar reformas estructurales. Ambas naciones han logrado superar economías más tradicionales, como España, gracias a estrategias de modernización y un enfoque en sectores de alto valor añadido.
Por otro lado, economías como la española enfrentan retos estructurales. La dependencia de sectores como el turismo y la construcción, junto con una inversión insuficiente en investigación y desarrollo, limita su competitividad. Las rígidas regulaciones laborales y la burocracia dificultan la innovación y el emprendimiento. En contraste con países más adaptados al contexto global, España y otras economías del sur de Europa muestran dificultades para integrarse plenamente en los mercados globales.
La experiencia de países como Irlanda, Estonia y la República Checa subraya la importancia de las reformas estructurales, la digitalización y la diversificación económica. Si bien España cuenta con recursos humanos y naturales envidiables, carece de políticas de largo plazo que permitan aprovechar su potencial. La falta de visión estratégica y el énfasis en conflictos a corto plazo desvían la atención de las oportunidades reales de desarrollo.
Es crucial adoptar medidas que fomenten un crecimiento sostenible y competitivo, priorizando sectores de alto valor añadido, modernizando el sistema educativo y flexibilizando el mercado laboral. Solo con liderazgo, planificación y consenso, España podrá superar sus limitaciones actuales y garantizar un futuro económico más prometedor.