Iván Cabrera
14/02/2025
La expansión monetaria es una de las principales causas de la inflación, un fenómeno económico que erosiona el poder adquisitivo de la población y genera un empobrecimiento progresivo. Cuando los bancos centrales imprimen dinero sin un respaldo adecuado en producción y bienes, el exceso de liquidez en la economía incrementa la demanda, pero si la oferta de bienes y servicios no crece al mismo ritmo, los precios comienzan a subir de manera sostenida.
Este aumento en los precios reduce la capacidad de compra de los ciudadanos, quienes ven cómo su salario pierde valor real. Aunque en un principio la inyección de dinero puede generar un espejismo de prosperidad, con más circulante en el mercado y un incremento aparente en el consumo, a mediano y largo plazo la realidad se impone y los precios se ajustan al alza, afectando en mayor medida a las clases más vulnerables.
Los efectos de la inflación no se distribuyen de manera equitativa en la sociedad. Mientras que aquellos con activos financieros o propiedades pueden protegerse e incluso beneficiarse del alza de precios, los asalariados y las personas con ingresos fijos sufren una constante pérdida de su poder adquisitivo. El dinero que poseen vale menos con el tiempo, obligándolos a destinar una mayor proporción de sus ingresos a bienes esenciales como alimentos, vivienda y transporte.
Las políticas de expansión monetaria suelen justificarse en tiempos de crisis económicas con el argumento de estimular la actividad productiva y evitar la recesión. Sin embargo, cuando este tipo de medidas se prolonga en el tiempo sin un control adecuado, generan desequilibrios profundos en la economía. La sobreoferta de dinero, combinada con una insuficiente producción de bienes y servicios, alimenta un círculo vicioso en el que la inflación se convierte en un problema estructural difícil de controlar.
A medida que la inflación se mantiene alta, los ciudadanos buscan mecanismos de protección, como la compra de dólares u otros activos refugio, lo que a su vez presiona aún más el valor de la moneda local. Este proceso devaluatorio encarece las importaciones, generando un encarecimiento generalizado en la economía y agravando la pérdida de bienestar de la población.
Los efectos negativos de la expansión monetaria descontrolada pueden observarse en diversas economías a lo largo de la historia. Países que han recurrido a la impresión masiva de dinero sin respaldo productivo han experimentado hiperinflaciones devastadoras, donde los precios aumentan a tasas descontroladas y la moneda nacional pierde su función como reserva de valor. En estos escenarios, la confianza en la economía se deteriora, las inversiones se reducen y el crecimiento se ve comprometido, generando un estancamiento prolongado.
El empobrecimiento derivado de la inflación se traduce en un deterioro del nivel de vida de la población. Los ahorros pierden valor, el acceso a bienes y servicios se complica y la incertidumbre económica se instala en la sociedad. Las familias deben ajustar sus presupuestos, priorizando el consumo de lo esencial y postergando gastos que antes podían asumir con normalidad, lo que reduce la calidad de vida y aumenta la desigualdad social.
Para evitar estos efectos nocivos, es fundamental que las políticas económicas se enfoquen en la estabilidad monetaria y fiscal. El control del gasto público, el estímulo a la producción y la implementación de medidas que fortalezcan la confianza en la moneda nacional son claves para evitar que la expansión monetaria derive en inflación y en un empobrecimiento generalizado. Una economía saludable no puede sostenerse en la emisión desmedida de dinero, sino en el equilibrio entre la oferta y la demanda, la inversión productiva y la generación de empleo genuino.