Iván Cabrera
28/11/2024
La implementación de la tasa plana en los sistemas tributarios, conocida técnicamente como flat tax, ha sido objeto de discusión durante décadas en diversas partes del mundo. A lo largo del tiempo, algunos países han adoptado este modelo fiscal en contraste con los sistemas progresivos tradicionales, como los que predominan en nuestro entorno. El propósito original de este modelo era simplificar el proceso de pago de impuestos, fomentar la inversión y aumentar la recaudación fiscal. Sin embargo, el impacto económico, político y social de la tasa plana varía considerablemente según el país y el contexto en el que se implementa.
En ciertos círculos, incluidos algunos que se identifican como liberales, este debate se ha dado por zanjado. Afirman que la idea de que quienes ganan más deben pagar un porcentaje mayor de impuestos es incuestionable. Frente a esto, los defensores de la tasa plana argumentan que, al mantener un mismo porcentaje para todos, quienes ganan más acabarían pagando más en términos absolutos, pero no en proporción a su esfuerzo. No obstante, este planteamiento choca con la narrativa dominante de la justicia social, que considera el modelo progresivo como el único compatible con el bienestar colectivo. De hecho, a menudo se desacredita el debate sobre la tasa plana, calificándolo como "terraplanismo económico", bajo el argumento de que no hay ejemplos exitosos de su aplicación.
El concepto de flat tax implica que todos los contribuyentes pagan el mismo porcentaje de sus ingresos, independientemente del monto. Esto contrasta con los sistemas progresivos, en los que los impuestos aumentan conforme lo hacen los ingresos. Su principal atractivo, según sus defensores, es la simplicidad. Al eliminar los tramos impositivos, se facilita el cálculo de las obligaciones fiscales de los contribuyentes y se reducen los costos administrativos del gobierno. Sin embargo, su carácter no progresivo genera controversia, ya que se percibe como un modelo que beneficia de forma desproporcionada a los ciudadanos con ingresos altos, mientras impone una carga relativamente mayor sobre los ingresos bajos y medios.
A lo largo de los años, varios países han experimentado con la tasa plana, aplicándola en particular al impuesto sobre la renta (IRPF). Actualmente, 39 países en el mundo utilizan este sistema, siendo mayoritariamente países pequeños. Ejemplos relevantes incluyen Estonia, Bulgaria y Hungría, aunque su aplicación y resultados han sido variados. Estonia, pionera en adoptar este modelo en 1994 tras su independencia, estableció inicialmente una tasa del 26%. Este sistema ha sido aclamado por su simplicidad y eficacia en la recaudación, además de contribuir al crecimiento económico del país. Por el contrario, Bulgaria, que adoptó una tasa plana del 10% en 2008, ha enfrentado críticas debido a ingresos fiscales insuficientes para cubrir servicios públicos, mientras que Hungría ha incorporado elementos progresivos en otros impuestos para complementar su sistema de tasa plana.
En contraste, las economías avanzadas como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia y España mantienen sistemas tributarios progresivos. Argumentan que estos son esenciales para garantizar la redistribución de la riqueza y financiar servicios públicos. En América Latina, aunque los estados de bienestar son menos amplios, la progresividad también es la norma.
El economista Thomas Sowell, defensor de la tasa plana, destaca que este modelo podría ser más eficiente y justo que los sistemas progresivos. Según él, simplificaría la recaudación de impuestos, reduciría la evasión fiscal y eliminaría los desincentivos al trabajo, la inversión y el emprendimiento. Sowell critica los sistemas progresivos por penalizar el éxito económico y desincentivar la productividad. Argumenta que la redistribución forzada a través de impuestos progresivos es ineficiente e injusta, además de depender de estados que a menudo no administran adecuadamente los recursos recaudados.
En resumen, la tasa plana ofrece ventajas como simplicidad, eficiencia y una percepción de mayor equidad en el trato fiscal. Sin embargo, su implementación enfrenta desafíos significativos en términos de equidad social y suficiencia recaudatoria, especialmente en economías con estados de bienestar amplios. Aunque este modelo fiscal no es una solución universal, puede ser efectivo en contextos específicos que busquen atraer inversión y simplificar los sistemas tributarios. Por ello, el debate sobre su viabilidad merece un análisis más abierto y matizado.