Iván Cabrera
24/01/2025
Deberíamos estar realmente preocupados cuando un excomisario de la Unión Europea admite que en el pasado se han tomado decisiones para cancelar elecciones y que es posible hacerlo en el futuro, sin que esto genere una crisis de confianza o un debate profundo. Parece que poco a poco se normaliza la idea de que esta burocracia que domina la Unión Europea es la verdadera garante de la democracia, decidiendo unilateralmente qué es desinformación, qué constituye injerencia y quiénes son sus autores.
Por ejemplo, el gobierno puede usar los recursos públicos y el apoyo de empresarios afines para influir en los procesos electorales y orientar la opinión pública hacia sus intereses, y a eso se le llama democracia. Sin embargo, si Elon Musk expresa una opinión personal en una red social como X, eso es calificado como injerencia. La Comisión Europea incluso podría anular el resultado de unas elecciones si decide que hubo interferencia, pero no se cuestiona cuando recursos desproporcionados de la Unión Europea, el Banco Central o figuras influyentes promueven un mensaje hacia la izquierda o impulsan el populismo de extrema izquierda bajo la excusa de "defender la democracia".
Curiosamente, si George Soros financia movimientos de extrema izquierda, se le etiqueta como un filántropo que promueve la democracia, pero si Musk tiene una reunión con un líder político de la derecha, se le acusa de interferir. Tiempos atrás, se han cancelado elecciones en países como Rumanía y, según el excomisario Thierry Breton, podría repetirse en Alemania si se considera necesario. Sorprende que la Comisión Europea no haya emitido un comunicado condenando tales afirmaciones y reafirmando que jamás se anularán procesos democráticos.
En este contexto, surge una burocracia intervencionista y autoritaria, que no se define ni de izquierda ni de derecha, pero que busca consolidar su control sobre la economía y la sociedad, eliminando los contrapesos que caracterizan a las democracias liberales. Este sistema encuentra en la extrema izquierda un aliado útil, ya que esta promueve más poder para el Estado, mayor control y una agenda intervencionista, a pesar de ser un nicho minoritario y poco representativo.
Los burócratas que impulsan este modelo parecen creer que la ciudadanía no sabe votar ni lo que realmente necesita. Ellos se erigen como árbitros de la verdad y la democracia, decidiendo qué ideas son válidas y cuáles deben ser censuradas. En su visión, cualquier movimiento que desafíe su narrativa, como los partidos etiquetados como "ultraderecha", representa una amenaza, mientras que partidos que abiertamente defienden regímenes autoritarios o terroristas son aceptados porque encajan en su esquema intervencionista.
La retórica de desinformación e injerencia es utilizada de manera subjetiva para justificar intervenciones y censuras selectivas. Lo que resulta evidente es que los supuestos guardianes de la democracia son los primeros en imponer un control totalitario sobre el discurso, limitando la libertad individual, económica y de expresión. Es preocupante que se silencie a quienes defienden estos valores, mientras que la extrema izquierda totalitaria es blanqueada y promovida.
En última instancia, la verdadera amenaza para la democracia son aquellos que se autoproclaman como sus guardianes, pues su objetivo no es protegerla, sino consolidar su poder bajo el pretexto de defenderla.