Iván Cabrera
20/02/2025
La inflación, ese impuesto encubierto, no es un fenómeno inevitable ni fruto del azar, sino el resultado de decisiones políticas. Es generada por los gobiernos cuando incrementan el gasto público, lo que provoca un aumento en la cantidad y velocidad del dinero en circulación. A medida que se introduce más dinero en el sistema, la moneda pierde valor, lo que se traduce en un encarecimiento general de los bienes y servicios. En realidad, no es que los precios suban, sino que el poder adquisitivo de la moneda se debilita.
Los defensores del intervencionismo insisten en atribuir la inflación a múltiples causas, excepto a la principal: el aumento descontrolado del gasto público. El índice de precios al consumidor en Estados Unidos se aceleró nuevamente en enero, y lo mismo ocurre en la eurozona, donde la inflación continúa aumentando tanto en términos generales como en su variante subyacente, la cual se supone debería mantenerse estable. En el caso de Estados Unidos, la inflación acumulada ha superado el 24%, lo que representa un serio problema económico.
Este escenario es consecuencia directa de las políticas de la administración Biden, que ha incrementado el gasto público y el déficit, lo que ha derivado en un mayor volumen de dinero circulante y, con ello, una mayor inflación. La velocidad del dinero, que mide la frecuencia con la que una unidad monetaria cambia de manos dentro de la economía, también se ha disparado. Este fenómeno es impulsado por gobiernos que gastan sin control.
Es sorprendente ver declaraciones como las de la senadora Elizabeth Warren, quien intenta culpar a la administración Trump por el alza de precios, cuando han sido las políticas de la administración Biden las que han provocado una inflación descontrolada. Además, algunos argumentan que la inflación es causada por grandes corporaciones, lo cual es una justificación poco creíble. La única solución viable es reducir drásticamente el gasto público, una estrategia que cobra aún más relevancia en el actual contexto de inestabilidad económica.
Elon Musk ha señalado reiteradamente la preocupante expansión de la masa monetaria entre 2020 y 2024. Aunque a inicios de 2024 esta tendencia comenzó a revertirse levemente, en junio de ese mismo año el gobierno estadounidense reanudó el gasto descontrolado y el déficit siguió aumentando. Como consecuencia, los mercados comenzaron a inquietarse ante el riesgo de problemas financieros para el país. La Reserva Federal, lejos de actuar con firmeza, retrasó la normalización de su balance y en septiembre redujo las tasas de interés de manera injustificada, lo que aceleró nuevamente el crecimiento de la masa monetaria y, con ello, la inflación.
El comportamiento de activos como el oro y el petróleo refleja esta realidad. El oro ha experimentado un fuerte incremento debido a la creciente demanda por parte de los bancos centrales, que buscan protegerse ante la inestabilidad de los bonos del Estado. En contraste, el petróleo ha bajado, lo que sugiere un debilitamiento del sector manufacturero y productivo. El cobre, por su parte, ha aumentado su valor debido a la demanda de industrias emergentes, como la producción de vehículos eléctricos, que requieren una cantidad considerablemente mayor de este metal.
Los bonos del Tesoro estadounidense reflejan la persistencia del problema inflacionario. Cada vez que los gobiernos prometen bienes y servicios gratuitos, en realidad están sentando las bases para un aumento de la inflación. Como decía Ronald Reagan, la inflación es el precio de aquello que el gobierno aseguraba que sería gratuito. El problema central radica en la combinación de un gasto público desmedido con su monetización, lo que incrementa tanto la cantidad de dinero en circulación como su velocidad, erosionando el poder adquisitivo de la moneda.
La administración Trump ha tratado de revertir esta situación reduciendo el gasto público y, con ello, la cantidad de dinero en el sistema, disminuyendo así el riesgo inflacionario. También ha promovido medidas para aumentar la producción de petróleo y gas, lo que se traduce en precios más bajos para estos recursos y, en consecuencia, una reducción en los costos de producción y consumo. Estas estrategias son fundamentales para fortalecer la economía estadounidense y mantener la inflación bajo control.
La herencia económica de la administración Biden ha sido devastadora, con un déficit anualizado de 2,5 billones de dólares. Es urgente reducir el gasto público y la emisión de dinero para estabilizar el dólar y preservar su poder adquisitivo. De lo contrario, la inflación seguirá impactando negativamente en la economía. Los gobiernos que siguen políticas inflacionistas lo hacen con el propósito de generar ciudadanos dependientes del Estado, debilitando su capacidad económica y su independencia financiera.
En la eurozona, aunque los países no emiten directamente su moneda, aumentan el gasto y el déficit, lo que lleva al Banco Central Europeo a monetizar la deuda, generando así más dinero. Como resultado, la inflación es también una realidad en estos países. Imprimir dinero no es una solución, sino una estrategia política que empobrece a la población y socava el poder adquisitivo de los ciudadanos. Es fundamental comprender que la inflación no es un fenómeno fortuito, sino una decisión política con graves consecuencias económicas y sociales.