Iván Cabrera
20/11/2024
A lo largo de la historia, cada transformación económica significativa, desde la Revolución Industrial hasta la globalización, ha provocado una redistribución de la riqueza, generando ganadores y perdedores. Por ejemplo, en el siglo XVII, la invención de la máquina de vapor catapultó a los fabricantes y dueños de fábricas a la cima de la pirámide económica, mientras que artesanos y campesinos, incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones laborales, vieron disminuir su relevancia y bienestar.
En el siglo XXI, presenciamos una transformación igualmente profunda impulsada por la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización. Esta nueva revolución tecnológica está reconfigurando la economía de maneras antes inimaginables. Aunque estas innovaciones prometen mejorar nuestra calidad de vida y productividad, también están generando desafíos importantes, como la ampliación de la brecha entre quienes tienen los recursos y conocimientos para prosperar en este nuevo escenario y quienes carecen de acceso o formación, quedándose atrás.
Además, existe el riesgo de que esta revolución tecnológica se convierta en un sistema de control sin precedentes. Mientras tanto, las desigualdades crecen, y quienes se preparan para este cambio, como Estonia, Singapur o Corea del Sur, o las personas que apuestan por la educación tecnológica, están mejor posicionadas para afrontar el futuro. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿quiénes serán los ganadores y perdedores en esta economía emergente?
Según el Foro Económico Mundial, el 1% más rico posee casi el 40% de la riqueza global, mientras que el 50% más pobre apenas controla el 1%. Este aumento de la desigualdad está estrechamente vinculado al auge de las industrias tecnológicas. Empresas como Amazon, Google y Microsoft concentran poder y riqueza de manera desproporcionada, moldeando las reglas de la economía global. Este fenómeno, descrito como "tecnofeudalismo", exacerba la desigualdad estructural, desplazando a trabajadores de baja cualificación cuyos empleos son automatizados.
El desempleo estructural, resultado de la falta de alineación entre las habilidades de los trabajadores y las necesidades del mercado laboral, es una realidad creciente. Según un estudio de McKinsey, para 2030, 800 millones de empleos podrían ser reemplazados por automatización, mientras que surgirán nuevos puestos altamente especializados. Sin embargo, la transición será desigual, ya que solo quienes tengan acceso a formación técnica podrán adaptarse.
En este escenario, los ganadores serán aquellos con habilidades avanzadas en inteligencia artificial, ciberseguridad, análisis de datos o programación, mientras que quienes no logren adaptarse enfrentarán un panorama desalentador, con empleos mal remunerados o inexistentes. Por otro lado, regiones sin infraestructuras tecnológicas avanzadas podrían quedar excluidas de la economía global. Según la OCDE, mientras el 85% de la población europea tiene acceso a internet, en África subsahariana esa cifra no supera el 30%, perpetuando la desigualdad global.
Para mitigar estos efectos, se proponen soluciones como la renta básica universal, impuestos a la riqueza y programas de capacitación laboral. Aunque cada propuesta tiene ventajas, también enfrenta desafíos: desde generar dependencia económica hasta frenar la innovación. Por ejemplo, países como Singapur han implementado programas educativos en inteligencia artificial para mayores de 40 años, con resultados prometedores.
Sin embargo, estas soluciones deben implementarse cuidadosamente para evitar convertir la tecnología en un arma de control. La clave será equilibrar el progreso tecnológico con políticas que fomenten la inclusión y reduzcan las desigualdades, recordando que cada revolución económica genera tanto oportunidades como riesgos. En última instancia, el reto será construir una economía digital que beneficie a todos, evitando que se convierta en una herramienta de división social.