Iván Cabrera
11/12/2024
En 1954, el filósofo alemán Günther Anders publicó La obsolescencia del hombre, una obra que, casi siete décadas después, mantiene una sorprendente vigencia. En ella, Anders advertía sobre los riesgos de una sociedad donde la ignorancia se utiliza como un medio para ejercer control social. Hoy, en pleno siglo XXI, estas reflexiones parecen más proféticas que nunca.
Anders sostenía que no era necesario recurrir a la violencia física para reprimir una revuelta; bastaba con instaurar un condicionamiento colectivo a través de la degradación de la educación. Lo que en su momento pudo parecer una exageración, hoy es una realidad tangible en muchas sociedades, incluidas España y gran parte de Hispanoamérica.
En España, por ejemplo, mañana se cumplen 46 años desde la aprobación de la Constitución, un hito que marcó el fin de la dictadura y el inicio de la democracia. Sin embargo, con el tiempo, se ha evidenciado cómo el sistema político resultante ha creado una élite que prioriza su propio beneficio sobre el bienestar ciudadano. Aunque hay excepciones, estas parecen ser producto de la inercia más que de una intención genuina de cambio.
Este fenómeno no es exclusivo de España. En el mundo occidental, se observa un deterioro constante de la calidad educativa, clave en esta problemática. Las políticas educativas actuales se enfocan más en la formación técnica para el mercado laboral que en el desarrollo del pensamiento crítico. Como resultado, las nuevas generaciones están preparadas para desempeñar trabajos específicos, pero carecen de la capacidad de cuestionar o imaginar alternativas al sistema establecido.
Los datos son preocupantes. Según el estudio TIMSS 2023, los estudiantes de primaria en España muestran un retroceso en matemáticas y ciencias, con resultados por debajo de la media de la OCDE. En competencias lectoras, las pruebas PIRLS 2021 y PISA 2022 revelan una disminución en la capacidad de comprensión lectora. Estos descensos no son exclusivos de España, pero el país destaca por un porcentaje elevado de estudiantes en niveles bajos.
Esta tendencia subraya la urgencia de fortalecer competencias clave como las matemáticas y la lectura, fundamentales para el desarrollo de habilidades críticas como la educación financiera. La falta de estas habilidades limita la capacidad de las personas para interpretar noticias, estructurar opiniones y tomar decisiones informadas.
Además, el acceso al conocimiento se ha vuelto cada vez más complicado. Las universidades, antes centros de pensamiento crítico, se han transformado en fábricas de títulos centradas en la empleabilidad. Mientras tanto, la brecha entre la ciencia y el público general se amplía, con información científica presentada de manera superficial y sensacionalista en los medios, diluyendo su capacidad para cuestionar el statu quo.
Los medios de comunicación y las redes sociales también juegan un papel clave en este panorama. En lugar de promover un debate profundo, ofrecen entretenimiento vacío y contenido simplista que adormece intelectualmente a la sociedad. La cultura del meme y el chiste fácil ha invadido espacios antes reservados para el debate serio, trivializando temas importantes.
A esto se suma el discurso de desmoralización, originado en la Guerra Fría y adaptado por ciertos sectores ideológicos para generar desesperanza. Este discurso destaca las injusticias del sistema actual, pero no promueve soluciones concretas, contribuyendo a una sensación de impotencia colectiva.
La educación se ha convertido en un campo de batalla ideológico, con constantes cambios en los planes de estudio que responden más a intereses políticos que a necesidades reales. Este control social se ve reforzado por herramientas tecnológicas y, en muchos casos, por una apatía generalizada alimentada por la precariedad económica y la incertidumbre.
Sin embargo, no todo está perdido. Herramientas como internet, la inteligencia artificial y las criptomonedas ofrecen nuevas oportunidades para acceder al conocimiento y organizar movimientos sociales fuera del control político tradicional. Aunque las redes sociales a menudo propagan desinformación, también permiten la difusión de ideas críticas y la movilización a una escala inédita.
La solución radica en una educación que fomente el pensamiento crítico, que forme ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y actuar. Es crucial recuperar el valor de la cultura del conocimiento, en peligro de desaparecer, y recordar que la educación no solo prepara trabajadores, sino que forma individuos conscientes y comprometidos.
Como dijo Francis Bacon, "El conocimiento es poder". En un mundo donde la ignorancia se utiliza como herramienta de control, la educación y el conocimiento son la clave para una sociedad más justa, libre y democrática. La lucha por preservar y promover el pensamiento crítico es urgente, pero también posible, y representa el camino hacia un futuro mejor.