Iván Cabrera
01/12/2024
En los últimos años, hemos presenciado una transformación profunda en nuestra relación con los bienes y servicios. Lo que antes implicaba la adquisición y propiedad de objetos, activos o propiedades, ahora se está sustituyendo por un modelo basado en el acceso temporal. Este fenómeno, que podría resumirse como "usuarios de todo, dueños de nada", está alterando las dinámicas económicas y sociales, y no siempre de forma positiva. La expansión de plataformas digitales, el auge de los servicios por suscripción y la creciente dependencia de tecnologías de la información nos encaminan hacia un futuro donde la propiedad pierde relevancia. Aunque esta tendencia ofrece ventajas inmediatas, como mayor flexibilidad y comodidad, también plantea riesgos significativos que requieren un análisis serio, desde la pérdida de autonomía individual hasta el aumento de las desigualdades.
Uno de los principales argumentos a favor de este nuevo paradigma es su flexibilidad. Hoy en día, podemos acceder a servicios de transporte, entretenimiento, alojamiento y otros bienes sin necesidad de ser propietarios. Plataformas como Netflix, Spotify, Uber y Airbnb han transformado nuestra forma de consumir, permitiéndonos pagar únicamente por lo que necesitamos en el momento, evitando así el alto costo inicial de la compra. Esto parece ventajoso, especialmente para quienes tienen ingresos limitados, ya que democratiza el acceso a bienes y servicios de calidad. Sin embargo, esta dinámica oculta un alto costo: la pérdida de control. Al renunciar a la propiedad, los usuarios ceden autonomía a las empresas que controlan esos bienes. Si dichas empresas cambian sus políticas, aumentan precios o desaparecen, los consumidores quedan desprotegidos. Así, la flexibilidad que se celebra puede convertirse en una fuente de vulnerabilidad.
La relación entre consumidores y grandes plataformas se ha vuelto cada vez más asimétrica. La propiedad de un bien no solo ofrecía control sobre su uso, sino que también representaba un activo con valor a largo plazo. En cambio, al depender de alquileres o suscripciones, las personas destinan ingresos constantes a mantener acceso a bienes que nunca serán suyos. Lo que parece una solución más económica a corto plazo puede transformarse en una carga financiera a largo plazo. Las múltiples suscripciones son un ejemplo claro: servicios de streaming, aplicaciones, software y otras plataformas generan pagos recurrentes que, acumulados, representan una parte importante del presupuesto. Según un informe de McKinsey, el mercado de suscripciones en España alcanzará los 21,000 millones de euros el próximo año, un modelo lucrativo para las corporaciones, pero que puede empujar a quienes tienen ingresos limitados a una dependencia financiera crónica.
Históricamente, la propiedad privada ha sido clave para la libertad y el bienestar económico. Poseer bienes, como una vivienda, un vehículo o un negocio, es un motor esencial de movilidad social. Sin embargo, el modelo basado en acceso y renta está dando lugar a una nueva forma de "feudalismo digital". En lugar de acumular riqueza, las personas se ven obligadas a pagar rentas perpetuas a corporaciones que actúan como "señores feudales". Estos ofrecen acceso a bienes a cambio de pagos constantes, mientras que los usuarios, incapaces de acumular activos, quedan atrapados en una forma de servidumbre digital.
Además, gigantes tecnológicos como Google, Amazon y Microsoft concentran no solo el control de infraestructuras de información y servicios, sino también los datos personales de millones de usuarios. Esto les otorga un poder sin precedentes sobre las decisiones de consumo, consolidando una asimetría en la relación entre individuos y corporaciones. Aunque el modelo de suscripciones es presentado como más asequible, su dependencia priva a los consumidores de la capacidad de acumular valor. Bienes como una casa, un automóvil o incluso una colección de música o películas solían representar activos duraderos que podían conservarse o venderse. En contraste, en el modelo de suscripción, el acceso desaparece cuando se deja de pagar.
La fragmentación de servicios ha incrementado aún más los costos. Antes, un único servicio podía cubrir las necesidades de música o series; ahora, múltiples plataformas ofrecen catálogos exclusivos, obligando a los usuarios a asumir varios pagos mensuales. Esto está generando una "fatiga de suscripciones", donde los consumidores se sienten abrumados por la cantidad de opciones y costos necesarios para mantener su estilo de vida digital. Este modelo nos empuja hacia un futuro donde "no poseerás nada y serás feliz", una promesa que podría resultar en un empobrecimiento tanto financiero como en términos de autonomía.
Pruebas como las declaraciones del Foro Económico Mundial (WEF) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) sugieren que esta tendencia no es fortuita, sino parte de una estrategia global para consolidar el poder económico en manos de unas pocas élites. El WEF, por ejemplo, ha abogado por un modelo de propiedad compartida en sus informes, mientras que el FMI ha promovido la transición hacia economías basadas en acceso y suscripciones. Además, empresas como Airbnb impulsan activamente el concepto de "vivienda como servicio", fortaleciendo su dominio del mercado global a costa de limitar la capacidad de los usuarios para poseer propiedades.
Ante esta realidad, es fundamental aumentar la conciencia pública sobre los riesgos de este modelo, especialmente la pérdida de autonomía y el poder concentrado en pocas manos. También se deben presionar a los legisladores para promover políticas que incentiven la propiedad privada y limiten la dependencia de servicios de suscripción. Apoyar empresas y movimientos que fomenten la adquisición de bienes duraderos y la independencia del consumidor es otra vía para contrarrestar esta tendencia.
En definitiva, el modelo de "usuarios de todo y dueños de nada" no es solo una consecuencia de los avances tecnológicos, sino una estrategia vinculada al poder económico global. Sus riesgos incluyen la erosión de la propiedad privada, el aumento de las desigualdades y la reducción de la libertad individual. Es crucial que la sociedad actúe para proteger su autonomía y promover alternativas que fortalezcan la capacidad de las personas para decidir sobre su futuro. Si no poseemos nada, estaremos a merced de quienes controlan todo.