Iván Cabrera
25/11/2924
En el ocaso del Imperio Romano de Occidente, el colapso no ocurrió de manera repentina. Entre las múltiples causas que llevaron a su caída, destacó una carga cada vez más insostenible: el mantenimiento de veteranos y una población dependiente de subsidios estatales. Durante siglos, el Imperio había sustentado a su ejército y ciudades mediante un sistema generoso de pensiones y distribuciones de alimentos conocido como anona. Sin embargo, al perder las provincias más ricas y reducirse las fronteras, la base económica del Imperio se debilitó drásticamente. A medida que el número de beneficiarios crecía, el desajuste entre ingresos y gastos se profundizaba, minando las finanzas públicas. Con menos ciudadanos activos aportando y más personas dependiendo de las arcas del Estado, Roma no pudo sostener su modelo socioeconómico, lo que contribuyó a su fragmentación.
Hoy, aunque en un contexto completamente distinto, Europa enfrenta un desafío que resuena con ecos de esa historia: la jubilación masiva de la generación del baby boom. En España, este fenómeno comenzó en 2023 y se intensificará en las próximas dos décadas, amenazando con dejar una huella profunda en el PIB per cápita, un indicador clave de la prosperidad económica.
Las proyecciones demográficas son contundentes: mientras la población en edad laboral disminuirá en 800,000 personas entre 2023 y 2050, la población mayor de 65 años aumentará en 6 millones. Este cambio ejercerá una presión sin precedentes sobre la economía, ya que un segmento cada vez menor de trabajadores activos deberá sostener a una población envejecida.
La disminución de la fuerza laboral afectará negativamente la producción económica. Los jubilados, aunque contribuyen indirectamente, ya no participan en la producción, y su sustento recaerá en un grupo de trabajadores más reducido. Esto provocará una caída inevitable en el PIB per cápita, a menos que se logre un aumento significativo en la productividad, algo que, según expertos, parece improbable en el corto plazo. Sin ese "milagro" productivo, España enfrentará dificultades para mantener su capacidad de generar riqueza.
Un informe de la OCDE prevé dos posibles escenarios. Si la edad de jubilación permanece sin cambios, el PIB per cápita podría desplomarse un 20%, la mayor caída entre países comparables. En un escenario alternativo, la flexibilización de la edad de jubilación permitiría mitigar parcialmente el impacto, reduciendo la caída al 15%. Aunque esta medida no resolvería el problema, podría ofrecer cierto alivio al permitir que más personas trabajen más allá de la edad habitual de retiro.
Se han propuesto soluciones como aumentar la tasa de natalidad o fomentar la inmigración para equilibrar la pirámide demográfica. Sin embargo, estas estrategias presentan limitaciones. La inmigración, aunque valiosa, no es una solución universal, ya que el tipo de trabajadores que necesita el mercado no puede ser reemplazado fácilmente. Del mismo modo, la baja natalidad y la emigración de jóvenes cualificados agravan el panorama. Además, los cambios necesarios para aumentar la productividad, como inversión en innovación, tecnología y educación, requieren tiempo y esfuerzo, y los avances en estos campos han sido lentos en España.
La jubilación masiva de los baby boomers tendrá implicaciones más allá de la economía. La caída en el PIB per cápita limitará la capacidad del gobierno para financiar servicios esenciales como pensiones y atención sanitaria, sectores que enfrentan una demanda creciente debido al envejecimiento poblacional. Este escenario puede intensificar las tensiones sociales y la desigualdad económica, problemas que requieren una atención urgente y estrategias a largo plazo.
La historia del Imperio Romano es un recordatorio de que la incapacidad para adaptarse a los cambios demográficos y económicos puede tener consecuencias graves. España se encuentra en una encrucijada similar. El futuro económico del país dependerá de decisiones tomadas hoy, no de promesas vacías o debates superficiales. En este contexto, la educación financiera es fundamental. Según la OCDE, solo un tercio de los adultos españoles tiene conocimientos financieros básicos, lo que dificulta la planificación de su futuro.
El desafío es claro: no esperar a que otros solucionen los problemas, sino actuar de manera informada y consciente. En tiempos difíciles, las sociedades fuertes surgen de la adaptación y la toma de decisiones valientes. El futuro no se debe esperar pasivamente; debe conquistarse con esfuerzo, preparación y visión.